El día que entendí que lo único que me voy a llevar es lo que vivo, empecé a vivir los que me quiero llevar…

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“¿Vivir o morir? Te daré un ejemplo que nunca olvidarás. Una escena emocionante que pude presenciar hace unos 30 años, durante un viaje a la India. Yo trabajaba como voluntario junto a las colaboradoras de la Madre Teresa.

Un día, encontraron a un bebé abandonado en un basural. Inmediatamente lo llevaron al orfelinato de Calcuta. El bebé se negaba a alimentarse, no expresaba ninguna emoción, estaba como muerto. A pesar de los primeros cuidados médicos y nutricionales, su estado no mejoraba. Una de las religiosas lo tomó en brazos, lo frotó con intensidad, lo abrazó, le habló, intentó hacerlo reír… Nada funcionaba.

En un momento ella se detuvo, se quedó quieta apoyó al bebé contra su pecho y cerró los ojos. Y de ella comenzó brotar una fuerza tal mezclada con esa delicadeza que sólo las mujeres saben irradiar a través del instinto. Empezó a acariciar al bebé incansablemente, sin detenerse. Lo acarició de la cabeza a los pies con una combinación perfecta de fuerza y delicadeza y siguió, y siguió, y siguió hasta que de pronto el bebé comenzó a reír y la miró directo a los ojos diciéndole todo, aún sin decir nada.

Allí mismo, frente a nuestros ojos, asistimos al milagro del amor. Porque se había producido un milagro. La mirada del niño comenzó a aclararse, la ausencia se convirtió presencia y además de la risa llegaron los gritos de alegría. Ese bebé había elegido vivir y su sonrisa daba testimonio de que el amor es lo único que le da sentido a una existencia.”

Esta fue la experiencia del sociólogo, especialista en religiones, Frédéric Lenoir, que tuvo la dicha de asistir a un momento glorioso.

¿Pero acaso no asistimos cada uno de nosotros a miles de momentos gloriosos a diario? ¿No será que estamos dejando pasar la oportunidad de ver lo bello y nos concentramos sólo en lo que no tenemos y en lo que nos falta? ¿Qué sentido le estamos dando nuestras vidas? ¡Cuántas preguntas difíciles de responder!

Más allá del deseo de vivir, más allá de la búsqueda de los placeres, al hombre lo empuja una fuerza poderosa que lo lleva a darle sentido a su existencia y a que esa existencia sea plena. Vivir, no es suficiente. Las personas queremos tener el sentimiento de estar viviendo plenamente nuestras vidas. Esta es la aspiración que casi todos los seres humanos compartimos.

Muchas veces nos planteamos estos interrogantes porque a todos nos surge la duda de querer saber si estamos dando todo lo que podemos dar. ¿Conocemos nuestros propios límites para dar? ¿Podemos ser y dar más de lo que somos y de lo que damos? Esta es una frustración y una insatisfacción en la que todos caemos en algún momento porque nos negamos a pensar que vivimos una vida mecánica que no tiene objetivos. Aunque no lo creas, a muchos les pasa.

Mi abuela decía: “la mortaja no tiene bolsillos”. Era una frase que repetía cada vez que veía a alguien vivir únicamente pendiente de lo material y que parecía tener la idea de que cuando llegara su hora, podría llevarse sus posesiones como quien se muda de casa y se lleva sus cosas de un lugar a otro. No… Nadie puede llevarse nada. Mira ahora mismo a tu alrededor cada una de las cosas que te rodean. Nada de eso podrás llevarte cuando dejes este mundo. Entonces… ¿Qué queda de nuestra existencia cuando ya no estemos en él? Eso es lo que cada uno en su interior debe descubrir. El sentido de la vida.

El filósofo franco iraní Reza Moghaddassi, explica que: “vivimos en un mundo vertiginoso en el que se nos inculca el sentido de la libertad, pero no nos detenemos a pensar que junto con la libertad viene la responsabilidad de qué hacer con esa libertad. Era diferente la vida de nuestros padres o de nuestros abuelos en donde todo estaba un poco trazado y predeterminado y no había mucho que pensar. Hoy, las personas pueden elegir. Los hombres y las mujeres son dueños de sus vidas, buscan su ideal y persiguen sus sueños, pero mientras estamos ocupados corriendo detrás de lo que deseamos, da la sensación de que también estamos dejando de lado el hecho de vivir nuestras vidas. Y de golpe lo vemos, nos damos cuenta de que nos estamos perdiendo algo.

Vivir es elegir un camino y dejar de lado todos los demás para explorar uno solo; porque quienes quieran recorrer muchos terminarán por sentirse ahogados frente a tantas diferentes opciones.

Para tratar de llevar una existencia que nos procure sentido y placer, debemos dejar de intentar vivir una vida de ficción y de fantasía, esperando grandes revelaciones cuando en realidad debemos aceptar que no tenemos otra misión en la Tierra más que vivir nuestra propia historia personal.”

Buscando razones.

Sabemos que es difícil levantarse cada día y sentirse feliz, realizado y positivo. ¿Tienes motivos en tu vida para sentirte así? ¡Felicidades! Fuiste bendecido, porque has de saber que hay quienes no encuentran un motivo para levantarse cuando se despiertan por la mañana. Hay quien no encuentra una razón para vivir.

Después de una enfermedad, la muerte de un ser querido, un divorcio e incluso la pérdida de un trabajo… Estos interrogantes surgen casi de manera inevitable. ¿Y si exploramos dentro de estas 6 pistas para saber qué podemos encontrar?

Hoy vamos a ser ambiciosos y vamos a intentar encontrar la manera de empezar a entrever cómo darle un sentido a nuestras vidas. Vamos a tratar de ser la religiosa de la Madre Teresa que no bajó los brazos en su deseo de ayudar a que alguien quisiera vivir.

1) Determinar qué es lo importante.

¿Alguna vez te detuviste a pensar qué cosas son realmente importantes para ti? Este es un análisis que nos enfrenta a nuestros verdaderos deseos, que muchas veces creemos que son los impuestos por la sociedad y los mandatos familiares. ¿Quiero casarme? ¿Quiero tener hijos? ¿Quiero vivir en otra ciudad? ¿Quiero este trabajo? Qué bueno que las respuestas sean “sí”, pero cuando dudamos y nos planteamos que no gustarían otras cosas tal vez nos demos cuenta de que estuvimos dejando de lado lo que realmente nos importa.

Todos escuchamos hablar de la enfermera australiana Bronnie Ware, que después de trabajar durante años en cuidados paliativos para personas con enfermedades terminales, escribió un libro en el que contaba cuáles eran las cosas que esos enfermos lamentaban por no haber podido hacer: pasar más tiempo con la familia, con los amigos, viajar, aprender algo nuevo, haber perdido el tiempo preocupándose por cosas inútiles, no haber perdonado a tiempo… Para reflexionar.

2) Perseguir nuestra pasión.

Nada bueno y grande se logró sin una gran cuota de pasión. No importa lo que sea. Si te gusta tejer, pintar, cocinar, la poesía, la lectura, la danza, coleccionar estampillas o hacer castillos con fósforos… ¡Nunca abandones tu pasión! Cuando hacemos algo que amamos profundamente, estamos siendo felices. ¡Sí, justo en ese momento! ¿Alguna vez lo habías pensado? Se dice que la felicidad plena y absoluta no existe, sino que vivimos momentos felices y estos son uno de ellos. En el momento en que hacemos lo que nos apasiona, alejamos las ideas negativas y es común escuchar “esto me despeja, me hace bien”, “no me di cuenta cómo pasó el tiempo”, simplemente porque lo que disfrutamos nos transporta a un lugar de felicidad.

¿Recuerdas a ese profesor del colegio que enseñaba con pasión? ¿No hacía que incluso la materia más aburrida pareciera fascinante? Eso es porque le ponía pasión a lo que hacía y la pasión se contagia y marca la diferencia.

3) Encuentra tu misión en la vida.

Sí, esta es una de las cosas más difíciles. ¿Cómo encontrar nuestra misión en la vida? ¿Cómo saber qué hacer? Este es un trabajo personal que demanda ser sincero con uno mismo y responderse a estas preguntas con total franqueza.

Cuando encontremos nuestra verdadera misión en la vida, lo veremos claramente. Es como cuando uno encuentra al amor de su vida y sabe que es ese y no otro. Pregúntate con franqueza qué es lo que deseas y la respuesta vendrá de ti mismo.

4) Libérate de lo material.

Hoy en día todo está concebido para consumir: comprar más, crear nuevas necesidades, generar envidia… Nos volvemos esclavos de todos estos objetos y transmitimos estas ideas a nuestros hijos. Es fácil adaptarse a objetos que representan recuerdos o no dejar una casa por otra mejor simplemente por no querer mudarse. No está mal ganar dinero y querer gastarlo, pero en lugar de comprar bienes materiales, ¿por qué no convertirlo en la oportunidad de crear buenos recuerdos con la gente que amamos? Vacaciones, restaurantes, cines, viajes, salidas… ¡Ideas para eso hay muchas! Estas experiencias de vida son las que sirven para crear lazos con los otros, porque esto también da sentido a nuestra vida.

5) Dale prioridad a tu lado espiritual.

Para muchas personas el confort material y la riqueza simbolizan el éxito en la vida. No está mal que ser exitoso nos provea de felicidad, pero el logro material no puede garantizarnos mejorar nuestro aspecto espiritual.

Obviamente, todos podemos tener nuestra propia idea religiosa y desarrollarla como nos parezca, pero la idea de ser buena persona es algo que trasciende lo religioso. Particularmente, creo en el karma y en la idea que transmite en cuanto a que todo lo que damos vuelve; lo bueno y lo malo.

Todo lo que hemos sembrado en esta vida lo cosecharemos también en esta vida y siempre estamos a tiempo de revertir las deudas que tengamos con nosotros mismos. Deja entrar a tu vida el amor, la compasión, la generosidad, la tolerancia, la gratitud, el perdón… Ayuda a otros, inspíralos, apóyalos, ayúdalos a avanzar, a mejorar su calidad de vida. Aunque creas o no creas en la reencarnación o aunque creas o no creas en el karma, todas estas cualidades no le hacen mal a nadie y por el contrario, te harán sentir bien y hasta repercutirán en tu salud.

6) Contribuye a un mundo mejor.

Esto está muy ligado con el punto anterior, aunque pocas personas creen que pueden hacer algo por cambiar el mundo. ¿Acaso los que cambiaron el mundo creyeron que podrían hacerlo? Seguramente hay algo que guardas en tu corazón y que te conmueve: la ecología, el hambre en el mundo, los niños enfermos o huérfanos o maltratados, la pobreza, la protección de los animales… Y no hace falta tener dinero. Está claro que el dinero también puede marcar la diferencia, pero puedes colaborar con tu tiempo, con tu esfuerzo, con tu energía, con tus “buenas ondas”. Todo esfuerzo es válido, aún el más pequeño, aún el que creas que no aporta mucho. Tú sabes cuál es el que te dará las satisfacciones que buscas.

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